8. Henri de Man en Cruz y Raya y en Olariaga
Si extremamos nuestro acecho, hay otras dos circunstancias que tienen que ver con la presencia en Madrid del revisionista belga y que podemos vincular con José Antonio. La primera está en Cruz y Raya. Precisamente en su número uno que lleva como fecha la del 15 de abril de 1933. La revista nace de la mano de José Bergamín, uno de los integrantes del círculo de orteguianos con los que recientemente José Antonio había trabado amistad. En Cruz y Raya colaboraron conocidos y amigos suyos –Alfonso García Valdecasas, Antonio Garrigues, Rafael Sánchez Mazas, Luys Santa Marina o el propio Bergamín–. Además, la calidad y el empaque de la publicación no quedaba lejos de sus aficiones.
En ese número uno –que se abre con un ensayo de Zubiri– se incluye una extensa nota con el título Henri de Man: sus conferencias en Madrid que firma el profesor José María Semprún. Son más de once páginas en las que, con motivo de la visita se glosa el ideario del revisionista De Man. Lo importante para el análisis que venimos haciendo –el revisionismo desatendido por José Antonio– es evidenciar el interés que la nueva revista, en su primer número, demuestra por el político y doctrinario belga. De lo que no hallamos eco en el líder falangista.
La segunda circunstancia a considerar aparece un año más tarde, en abril de 1934. Se trata del artículo La doctrina socialista de Henri de Man que en la revista mensual Economía Española firma don Luis Olariaga. Por su relación de docencia, y el ascendiente intelectual sobre José Antonio, traemos a colación este sustancioso artículo que esclarece la opinión política del profesor Olariaga. El estereotipo de su influencia queda invalidado para el socialismo y el marxismo.
El catedrático viene a corroborar el crédito de De Man como ideólogo socialista, «el más interesante actualmente», escribe. Comenta la pluralidad de contenidos del rótulo marxismo «hasta el punto de que el marxismo actual no lo reconocería ni el propio Marx». Y añade que «científicamente quedó descalificado como sistema hace cerca de medio siglo, y los mismos intelectuales de la secta –los revisionistas– no dejaron en pie ninguno de sus dogmas fundamentales». Insiste también en que, aunque políticamente quedó deshecho su internacionalismo con la guerra del 14 y desahuciado democráticamente por la realidad soviética; pero que sigue viviendo como mito.
Olariaga pasa revista al ideario de Henri de Man recogiendo su opinión sobre temas como el desarrollo del fascismo y la necesidad de nuevos objetivos socialistas; el papel de las clases medias; el régimen de economía mixta con la nacionalización del crédito y de las industrias básicas; la continuidad de la propiedad capitalista para las empresas ajenas al crédito, la energía o las materias primas; y la reforma política con una Cámara única elegida por sufragio universal.
Acaba el artículo con unas observaciones al programa. Para él «Henri de Man ha comprendido los resultados contraproducentes de una política socialista de mera distribución de la renta llevada sin freno y sin sentir la responsabilidad de la producción». Pero estima que su propuesta es insuficiente: «El escritor belga se preocupa simplemente de catequizar las clases medias con una bandera de demagogia económica para que refuercen la acción demagógica proletaria y no se desvíen hacia el fascismo.» Su mensaje, piensa Olariaga, es difícil que atraiga a los obreros y «no es más probable que sugestione a las clases medias» que pensarán seguramente que «para lograr las reformas no es preciso hablar de socialismos ni de cambios fundamentales de la estructura económica».
Las líneas finales van dedicadas a la nacionalización del crédito que es para él una diversión estratégica de algunos teóricos socialistas, no sólo de De Man. Olariaga estima que esto «significa algo más grave y más digno de ser meditado que la nacionalización de tales o cuales ramas productoras. El crédito es en la economía de empresa privada la base de todo el sistema».
Al cruzarse el nombre de Olariaga con el de José Antonio, en un repaso a la ideología de éste, saltan a la vista las discrepancias de criterio. Las tesis político-económicas del antiguo profesor son muy distintas –si no antitéticas– de las mantenidas por su antiguo alumno.
9. Marxismo y antimarxismo en José Antonio
Sacristán señala la clara enemistad de José Antonio con el marxismo y concluye que «las razones del antimarxismo de José Antonio no son político-económicas, sino histórico-morales».
La percepción de Sacristán es atendible. Porque en lo político-económico José Antonio no proclama la misma clara enemistad; su posición es otra. Omite un ataque frontal al sistema decretado por la especulación doctrinal de Marx. El tono de su juicio queda plasmado en el discurso del 2 de febrero de 1936, ya citado anteriormente: «Si la revolución socialista no fuera otra cosa que la implantación de un nuevo orden en lo económico, no nos asustaríamos». Es decir, no le intimida, no le arredra la implantación de un nuevo orden económico socialista-marxista. Lo que le repugna es el sentido materialista que ese orden entraña, el orden instalado en la Unión Soviética. Hay en él una posición dual, por un lado, el orden teorético de Carlos Marx; por otro, el orden real de la experiencia rusa.
El marxismo fue para José Antonio, durante los tres años de su liderazgo político, cuestión principal en su expresión ideológica; era la piedra de toque de su tiempo. Desde la primera hora está presente en sus textos. En los años 30, con la Unión Soviética convertida en fuerza motriz, el socialismo marxista se exhibía como el futuro, como la nueva tierra prometida.
La recepción por José Antonio del movimiento marxista no suscitó en él una respuesta unívoca, cerrada, sino fluctuante y ambigua. Pero, en todo caso, hay que señalar la evidente atracción que la diagnosis de Marx produjo en su mentalidad. Salta por doquier su creencia en la certeza de la misma. En el discurso del 19 de mayo de 1935, tras de desdeñar tanto al capitalismo como al comunismo afirmó: «Por eso no queremos ni lo uno ni lo otro; por eso queremos evitar –porque creemos en su aserto– el cumplimiento de las profecías de Carlos Marx».
Como recurso indagatorio para la interpretar la posición ante el marxismo, podemos servirnos de dos puntos de vista. Uno sería el grado de conocimiento que José Antonio tuvo de la obra de Marx, del Marx filósofo del materialismo histórico. Éste aparece muy desvaído en sus textos. En nuestra opinión tuvo un dominio incompleto del vasto y espeso mensaje, de la dialéctica apretadísima de El Capital, por utilizar las propias palabras con las que José Antonio la calificó. Pienso que tuvo un conocimiento más tentativo y aproximativo que acabado y sistémico. Lo que no es de extrañar porque él no era un especialista en las teorías socialistas.
Otro punto de vista más en detalle sería el instalar a José Antonio, de modo parcial, en el análisis marxiano del modo de producción capitalista, en la Crítica de la Economía Política y la formulación de las leyes del capitalismo. O sea, en el flanco parcial socio-económico del análisis que, a afectos de esta interpretación, desgajamos del sistema total marxiano. Este es el plano que José Antonio, en mi opinión, en diversa medida, conoce, utiliza y suscribe.
Hay que insistir, para una mejor comprensión, en lo ya apuntado anteriormente: que no siempre se distinguen en su exposición dos momentos histórica y conceptualmente distintos. A saber, la teoría del marxismo fundacional del siglo XIX –la obra de Marx– y la realidad política marxista del siglo XX; es decir, la Unión Soviética de Lenin y Stalin. En los textos del jefe falangista las dos diferentes realidades aparecen en ocasiones en un continuum que confunde. Pero es la rusa la que recibe su impetuosa enemistad, aunque con reservas.
10. El repudio del marxismo
La afirmación de Sacristán de que «acepta sin vacilaciones el núcleo del marxismo científico» es excesiva y necesita ser matizada para no tomar la parte por el todo. José Antonio suscribe del marxismo algunos conceptos que pertenecen al núcleo del marxismo científico pero que no son todo el núcleo. No suscribe, por ejemplo, la tesis de la lucha de clases, motor de la Historia; ni la tesis medular del materialismo histórico. Por ello, lo procedente es afirmar que José Antonio no suscribe el núcleo del marxismo científico.
Hay testimonios del rechazo desde los inicios de la Falange. El 29 de octubre de 1933 señala el «descarrío» del socialismo por su «interpretación materialista de la vida y de la Historia»; por su «sentido de represalia», por su «proclamación de la lucha de clases». En otro momento –¿mayo de 1934?– escribe:
«Pero al deshumanizarse el socialismo en la mente inhospitalaria de Marx, fue convertido en una feroz, helada doctrina de lucha. Desde entonces no aspira a la justicia social: aspira a sustanciar una vieja deuda de rencor, imponiendo a la tiranía de ayer –la burguesía– una dictadura del proletariado.»
De modo preciso, la enemiga de José Antonio a las consecuencias espirituales del marxismo, por razones histórico-morales, tiene como diana al comunismo ruso. En la conferencia del 3 de marzo de 1935 explica su antimarxismo –más cabalmente su antisovietismo– al sostener que el comunismo ruso es la amenazadora invasión bárbara que prescinde de todo lo que pueda significar un valor histórico y espiritual; es la antipatria, carece de fe en Dios. Y el 19 de mayo del mismo año repite el ataque diciendo «esta dictadura comunista, tiene que horrorizarnos a nosotros, europeos, occidentales, cristianos, porque ésta si que es la terrible negación del hombre; esto sí que es la asunción del hombre en una inmensa masa amorfa, donde se pierde la individualidad, donde se diluye la vestidura corpórea de cada alma individual y eterna.» Y sigue, recalcando su repudio: «Notad bien que por eso somos antimarxistas; que somos antimarxistas porque nos horroriza, como horroriza a todo occidental, a todo cristiano, a todo europeo, patrono o proletario, esto de ser como un animal inferior en un hormiguero.»
En el mismo año, el 17 de noviembre, proclama: «El movimiento ruso no tiene nada que ver con aquella primavera sentimental de los movimientos obreros; el comunismo ruso viene a implantar la dictadura del proletariado (…) la dictadura que os hará vivir de esta suerte: sin sentimientos religiosos, sin emoción de patria, sin libertad individual, sin hogar y sin familia.»
La línea dominante se concentra en el contenido ateísta, negador de los valores morales constitutivos de la tradición espiritual del humanismo cristiano. La revolución bolchevique, la nueva invasión de los bárbaros, se le aparece como un totalitarismo destructor de valores, opresor de libertades, constructor de una moral materialista. Sin embargo, su antimarxismo no es total, es un antimarxismo incompleto.
11. El sentido de la historia
La rotunda enemistad ante la experiencia soviética debe ser matizada. Porque es fácil descubrir en José Antonio juicios –nacidos de su estilo de pensar la historia– en los que le reconoce un papel válido. Brotan del clima imperante en aquellos años de la filosofía de la historia, la onda intelectual –de larga tradición– por la que José Antonio tuvo una gran inclinación. Ortega estaba en esa onda. Y de su mano se publicó –entre 1923 y 1927– La Decadencia de Occidente de Spengler. Fue el ensayo que sirvió de catalizador entre la opinión cultivada para la difusión de la historia como objeto de reflexión filosófica. En el prólogo, Ortega calificó la obra como «la peripecia intelectual más estruendosa de los últimos años».
José Antonio, como hijo de su tiempo vivió el entendimiento historicista, la interpretación de los procesos que vienen de atrás y se encaminan a un futuro previsible, la tarea de explicar la dinámica del acontecer histórico y de lograr conocer su sentido. Lo reflejó en muchas ocasiones. Pero, contrariamente a lo que se viene sosteniendo, no fue La Decadencia el texto básico que alimentó sus escarceos de teorización de la historia. Las tesis de Spengler eran contrarias a las que él manejó. Por ejemplo, Spengler afirma que el esquema de edades –que es el aceptado y utilizado por José Antonio– es «increiblemente mezquino y falto de sentido».
La sensibilidad por la filosofía de la historia subyace en su definición de la patria. Aceptada la noción orteguiana, José Antonio determina verla «como razón de destino […] la patria es la tradición física de un destino» (13 de agosto de 1936). No es dudoso concluir que el marco doctrinal en el que se debe insertar su idea está en la clásica filosofía agustiniana: el transcurso de los hechos hay que interpretarlo a la luz de la historia de la salvación. Acontecen en un estadio intermedio entre el comienzo y el fin de los tiempos. El destino presupone la providencia. En el Cuaderno de notas de un estudiante europeo (¿septiembre de 1936?) escribió José Antonio: «Todo proceso histórico es, en el fondo, un proceso religioso. Sin descubrir el substratum religioso no se entiende nada. La presente situación del mundo es, ni más ni menos, la última consecuencia de la Reforma». Y más adelante inicia un apartado con la frase: «La entraña religiosa de la crisis».
Los juicios de José Antonio con acentos de filosofía de la historia están, en su mayoría, motivados y vinculados con la revolución soviética como acontecimiento trascendental. Acontecimiento que condiciona el destino global de la sociedad que se extingue. [Con todo, hay un escrito que atañe únicamente a España, Germánicos y bereberes, fechado en el 13 de agosto de 1936. Se aloja en la estela de la España invertebrada de Ortega. Es como una respuesta a la pregunta del filósofo «Dios mío, ¿qué es España?». Por eso construye unas páginas que tratan de descifrar las claves del ser de España. Como Ortega, recurre a los visigodos como fundamento estructural, pero con valoración antagónica. Considera la pugna secular entre los visigodos y los bereberes. Aquellos fueron una minoría aria de gran raza, aristocrática; éstos una masa resentida que ha terminado imponiéndose sobre el resto germánico que nos ligaba a Europa.: su última victoria se materializa en la República de 1936. La interpretación es arriegada, radical y controvertible. Lo más estridente para el conocedor de José Antonio es el sentimiento dramático y el manifiesto pesimismo de las conclusiones de este trabajo: «la aportación de España a la cultura moderna es igual a cero» (subrayado suyo). Visto en perspectiva, el escrito queda como un paréntesis en el temple habitual de su discurso, acaso motivado por un ánimo depresivo ante la tragedia de la guerra y, además, por su incredulidad en un final venturoso. En todo caso, es contradictorio con su permanente visión optimista del ser español, de su orgullo patriótico, de su fe en la suprema realidad de España.]
Su percepción de los ritmos históricos la expuso en la conferencia del 3 de marzo de 1935, en Valladolid. «Las edades pueden dividirse en clásicas y medias; éstas se caracterizan porque van en busca de la unidad; aquéllas son las que han encontrado esa unidad. Las edades clásicas, completas, únicamente terminan por consunción, por catástrofe, por invasión de los bárbaros.» En el quicio están los bárbaros. Lo repite el 17 de noviembre: «Pero entre las edades clásicas y las edades medias ha solido interponerse, y éste es el signo de Moscú, una catástrofe, una invasión de los bárbaros.» Se reafirmó en esta interpretación, en el mismo discurso, cuando dijo: «Concluye una edad que fue de plenitud y se anuncia una futura Edad Media, una nueva edad ascensional.»
En el ya citado Cuaderno de notas –redactado en la soledad de la cárcel de Alicante– reitera su planteamiento:
«Edades clásicas y edades medias. Las edades medias,ascendentes, devienen edades clásicas; las edades clásicas, plenarias, no devienen edades medias, degeneran y concluyen en catástrofe. La catástrofe, el barbecho histórico, y luego la nueva edad media ascendente, en la que retoñan los valores permanentes de la edad hundida. Considerada a mil años o a cien de distancia, la catástrofe no importa; a la larga se salva todo lo auténtico; pero para la generación a la que le toca es definitiva. Nuestra generación presiente como próxima la catástrofe; ha diagnosticado su carácter de fin de edad (multitud de libros: Spengler, Berdiaeff, Carrel); pero lleva esta ventaja a las épocas gemelas: lo sabe. Y hasta quiere tender el puente sobre la invasión de los bárbaros.» (subrayados suyos.)
Casi un año antes, el 17 de noviembre de 1935, había valorado en público el papel motriz de los bárbaros: «Pero en las invasiones de los bárbaros se han salvado siempre las larvas de aquellos valores permanentes que ya se contenían en la edad clásica anterior. Los bárbaros hundieron el mundo romano, pero he aquí que con su sangre nueva fecundaron otra vez las ideas del mundo clásico.» Esta atribución genesíaca no se corresponde con una clara enemistad con el marxismo, como sostiene Sacristán.
12. José Antonio y Berdiaev
Ante el marxismo real José Antonio declara su hostilidad belicosa; pero al mismo tiempo exhibe toques de elogio. El bolchevismo contiene una virtualidad histórica, se cuenta con él como un ingrediente para la nueva edad. Es lo que subyace en su aspiración a tender un puente sobre la invasión de los bárbaros y salvar la catástrofe. Y, de manera superabundante, al usar a reglón seguido el verbo asumir: «asumir, sin catástrofe intermedia, cuanto la nueva edad hubiera de tener de fecundo.» (3 marzo 1935.)
Acaso la intervención más sugerente que frente al bolchevismo, como fenómeno histórico, acuñó José Antonio tuvo lugar el 17 de noviembre de 1935. Dijo:
«el régimen ruso no es mal absoluto tampoco; es, si me lo permitís, la versión infernal del afán hacia un mundo mejor […] Pues bién: en la revolución rusa, en la invasión de los bárbaros a que estamos asistiendo, van ya ocultos y hasta ahora negados, los gérmenes de un orden futuro y mejor. Tenemos que salvar esos gérmenes, y queremos salvarlos. Esa es la labor verdadera que corresponde a España y a nuestra generación: pasar de esta última orilla de un orden económico social que se derrumba a la orilla fresca y prometedora del orden que se adivina.»
Es en este momento del análisis cuando en nuestro comentario requerimos la presencia de Berdiaev. Poner frente a frente la visión de José Antonio con la de Nicolás Berdiaev es un ejercicio enriquecedor, seductor y, también, inusual. El estudio de Berdiaev Una nueva Edad Media. Reflexiones acerca de los destinos de Rusia y de Europa (1924), se publicó en Barcelona, en 1932. Berdiaev fue un filósofo ruso cristiano, de origenes marxistas, arrestado, desterrado y, en 1922, exiliado Su obra plasma su religiosidad mística, su visión escatológica de los hechos y los tiempos, su entendimiento de la historia sub specie aeternitatis. Vivía en París y sus ensayos sobre el sentido de la historia tuvieron un amplio eco. En España, la publicación de Una nueva Edad Media supuso un conflicto editorial entre Acción Española –que había pagado los derechos– y la firma catalana Editorial Apolo que se anticipó en la edición.
De los ensayistas y filósofos de la época en los que el bolchevismo levantó su alerta en la interpretación de la historia ninguno ofrece, desde el punto de vista de una revisión de José Antonio, tanto interés como Berdiaev. El libro fue lectura de José Antonio -aunque en las Obras sólo cita al autor en una ocasión-. Pero al acotar los rasgos más acusados del ensayo se colige cómo éstos fueron una vena de inspiración y, en ocasiones, hasta de lenguaje. El contenido de Una nueva Edad Media está empapado de providencialismo, es rico en imágenes poéticas, tiene un tono profético, y a veces sibilino.
La nueva Edad
Arranca la obra señalando el ocaso de la era iniciada en el Renacimiento. «El ritmo de la historia cambia: se hace catastrófico.» La época «es el final de los tiempos modernos y el comienzo de una nueva Edad Media» que será la revolución del espíritu, la renovación completa de las conciencias. Afirma que «El fin del capitalismo es el fin de la historia moderna y el comienzo de la nueva Edad Media». Su concepción teológica le lleva a sostener que el naufragio de la civilizaciones no se debe únicamente «a la mala voluntad de los hombres, sino que también son obra de la Providencia. Nuestra época se asemeja a la que vió derrumbarse el mundo antiguo».
Los bárbaros
El paso hacia la nueva edad, en su fase inicial, se presenta –dice– sombrío, como revela la realidad soviética. El orden caduco será derribado por las fuerzas de un caos bárbaro. A Europa le ha llegado el turno de la invasión de la barbarie. Los bárbaros penetran en la cultura caduca y vacilante: «después de la decadencia refinada que marcó el apogeo de la cultura europea, le ha tocado el turno a la invasión de la barbarie». Y también: «El comienzo de los tiempos nuevos se caracteriza por la barbarización». Pero la invasión reclama la necesidad de «una nueva asimilación del elemento bárbaro: una génesis de la luz en la oscuridad». Y para llegar a la luz «es preciso atravesar las tinieblas».
Rusia y el bolchevismo
Berdiaev veía para Rusia un destino especial originado por el esencial sentimiento religioso de los rusos. En el camino hacia la nueva Edad Media ocupará un lugar especial: «Yo sostengo que en el principio de la revolución rusa, desencadenada por fuerzas bárbaras y dentro de una atmósfera de guerra en descomposición, hay un hecho religioso relacionado con el carácter religioso del pueblo ruso.» La catástrofe de la revolución bolchevique se ofrece cargada de señales y significados. «Sólo el pueblo ruso ha mostrado todavía en la destrucción una enorme energía, e intentado realizar la más insensata de las utopías.» El bolchevismo es, en lo profundo, una expiación de los pecados, de los vicios, de todos. «En el bolchevismo ruso hay una medida rebasada, un desbordamiento, un contacto angustioso con algo supremo.» El entendimiento escatológico del bolchevismo, su sentido profundo, lleva a Berdiav a declarar que «No es posible orientarse en el comunismo ruso más que por las estrellas». Por eso su conclusión es categórica: «No se puede liquidar al bolchevismo con una buena organización de divisiones de caballería.»
A la vista de estos mensajes no es arriesgado certificar que el estilo de pensar el cambio histórico y la función del bolchevismo tienen en José Antonio resonancias de Berdiaev. Pudo conocer otras fuentes, pero la de éste autor visionario, existencialista cristiano, aparecen como un nutriente innegable.
13. Caminos de utopía
El catálogo de las influencias de Marx en José Antonio y la ubicación de éste en el universo marxista no se agota con lo expuesto. Hay que aludir también a un trasfondo de coincidencias y de analogías en el estilo de abordar la política como doctrina. La estatura doctrinal de José Antonio no admite parangón con la de Carlos Marx, pero eso no quita para advertir inesperadas y curiosas señas similares. Este es el caso del papel que en ambos desempeñan los aspectos utópicos de su discurso. Y junto a ello una subyacente dimensión poética. En la voluminosa obra marxiana hay una carga de utopismo y un impulso poético. En la corta obra de José Antonio hay también elementos de utopismo junto con un un aliento poético.
En sentido canónico la utopía –Moro, Campanella, Fourier– es un modelo emplazado en un futuro imaginario, armónico, realmente humano. Nace de un anhelo de perfección social y entraña una descalificación del presente y una desvalorización de lo acontecido. Propone la realización de un proyecto radical, insólito, reglamentado y estático de una nueva sociedad perfecta.
El utopismo es como hijuela de la utopía; es una tendencia que no baja a precisar los detalles de su materialización como en las utopías clásicas. Este componente de utopismo anima la obra de Marx y se revela en algunas parcelas de José Antonio.
Aunque Marx utilizó el término utópico para descalificar a los otros socialismos –los socialismos utópicos, que no eran científicos como el suyo– es obvio que su obra está impregnada de utopismo, especialmente al referirse a la fase final de la sociedad comunista. No conviene silenciar que, históricamente, esos rasgos utópicos del marxismo han jugado un primerísimo papel en su primacía innegable en la movilización de voluntades a lo largo de un siglo.
Curiosamente, la faceta utópica de Carlos Marx es negada por José Antonio. De manera expresa llegó a ironizar ante quienes presentaban al pensador alemán «como una especie de urdidor de sociedades utópicas». Y reafirmó su juicio censurando a los que le atribuían «sueños utópicos». Siguió diciendo en la misma ocasión:
«Incluso en letras de molde hemos visto aquello de Los sueños utópicos de Carlos Marx. Sabéis de sobra que si alguien ha habido en el mundo poco soñador, éste ha sido Carlos Marx: implacable, lo único que hizo fue colocarse ante la realidad viva de una organización económica, de la organización económica inglesa de las manufactiras de Manchester, y deducir que dentro de aquella estructura económica estaban operando unas constantes que acabarían por destruirla.» (9 abril 1935.)
Ante las páginas en las que Marx pergeñaba la sociedad comunista, a José Antonio se le escapó la carga de utopismo. Esa miopía recorta su visión del factor de seducción de los mensajes de Carlos Marx. A la meta final comunista se llega científicamente. Pero la meta se sitúa en el reino de lo utópico y no en el de lo científico, rebasa la investigación y salta a la visión profética. En el fondo, es una escatología secularizada. Los rasgos de ese utopismo pueden ser recapitulados.
Marx se limitó a describir las características generales de la futura sociedad comunista; no elaboró una concepción detallada de la misma. Pero nos dejó las notas dominantes. Tras la dictadura del proletariado, ya en la fase superior de la sociedad comunista, existirá un mundo sin propiedad privada y sin clases: toda propiedad y todos los recursos se poseerán y controlarán en común. Habrán desaparecido la mercancía, el dinero, el capital y el Estado. Será la verdadera libertad objetiva y el triunfo del hombre sobre cualquier opresión. Se habrá dado el salto a la libertad. Entonces «podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades!».
14. Utopísmo y poesía
El utopismo va de la mano del lenguaje mítico, del conjunto de imágenes motrices capaz de suscitar intuitivamente emociones. Y en ese lenguaje, como potenciador de lo político, aparece lo poético. El gusto por acrecentar la eficacia del discurso político con resonancias poéticas acerca las dos figuras. En Marx y en José Antonio se descubren afinidades en sus aficiones literarias: en la vocación poética. Los dos fueron poetas frustrados.
La obra poética de Marx a sus años veinte años fue considerable. Por un tiempo fue una entrega apasionada. En el caso de José Antonio, su obra poética fue ocasional y escasa; pero proclamó el decisivo papel de la poesía en la política y esmaltó sus intervenciones con impulso lírico. En los dos nombres existió un aliento que cristalizó en la creatividad para el aforismo, para el eslogan.
[José Antonio desconoció esa faceta, la del Marx poeta. Hasta el punto de que se mofó de quien así lo calificaba: «Marx se fue al otro mundo –dice– ajeno por completo a la sospecha de que algún día iba a salir algún antimarxista español que le encajara en la línea de los poetas» (9 abril 1935).]
15. Brotes de utopismo en José Antonio
Si en Marx el utopismo abarca la nueva sociedad comunista en José Antonio el utopismo se ciñe solamente a una parte de sus propuestas. ¿Cuáles son los brotes utópicos que se detectan en José Antonio? ¿Cuáles tienen afinidades con la mentalidad utópica? Como, en buena medida, la sociedad postcapitalista por él imaginada es resultado de su diálogo con la crítica marxista, los puntos sobresalientes de esa nueva sociedad –que caen dentro de lo económico y lo social– constituyen los brotes de utopismo.
Un orden nuevo
La nueva sociedad postcapitalista se alojaría en el horizonte de un «orden nuevo» y su implantación constituiría «una alta tarea moral» que si España la cumpliera la colocaría «a la cabeza del mundo» por haber dado «con las palabras de los nuevos tiempos» (2 febrero 36). Ese horizonte ideal significa superar la «pérdida de la armonía del hombre con su contorno» gracias a «la reconstrucción de esos valores orgánicos, libres y eternos, que se llaman el individuo, portador de un alma; la familia, el Sindicato, el Municipio, unidades naturales de convivencia» (17 noviembre 35). Ese orden nuevo exige conquistar para España «una base material de existencia que eleve a los españoles al nivel de seres humanos» y «la fe en un destino colectivo» (17 noviembre 1935).
Su orden nuevo se enfrenta con el de los marxistas, pero –la observación es obligada– con matices. Su oposición tiene un carácter propio ya que expresa una condescencendia parcial:
«Los marxistas creen que ese orden es necesariamente el suyo; nosotros conformes en gran parte con la crítica marxista, creemos en la posibilidad de un orden nuevo sobre la primacía de lo espiritual.» (27 junio 1935)
La plusvalía
Es el punto de mayor calado porque juega como el gozne sobre el que pivotan los restantes. Sus notas fundamentales ya han sido analizada en páginas anteriores.
Capital y trabajo
José Antonio predice, aunque de manera vaga, una futura y superadora relación capital-trabajo:
«En un desenvolvimiento futuro que parece revolucionario y que es muy antiguo, que fue la hechura que tuvieron las viejas corporaciones europeas, se llegará a no enajenar el trabajo como una mercancía, a no conservar esta relación bilateral del trabajo, sino que todos los que intervienen en la tarea, todos los que conforman y completan la economía nacional, estarán constituidos en Sindicatos Verticales, que no necesitarán ni de comités paritarios ni de piezas de enlace, porque funcionarán orgánicamente como funciona el Ejército, por ejemplo, sin que a nadie se le haya ocurrido formar comités paritarios de soldados y jefes.» (9 abril 1935)
En definitiva, lo que pretende en este párrafo es quebrar las posiciones de empleador y empleado, abolir la enajenación del trabajo como una mercancía. Y como modelo de referencia vuelve la mirada a las viejas corporaciones europeas, es decir, a los gremios de la Europa preindustrial. (Esa instancia estaba contemplada por el socialismo gremial del grupo de pensadores integrado en The New Age –en el que Maeztu jugó un importante papel, cristalizado en su Crisis del humanismo–. A lo que hay que añadir la postura propicia de los tradicionalismos organicistas y la de la doctrina social de la Iglesia reiterada en mayo de 1931 en la Quadragessimo anno.)
Al comentar la plusvalía se vió su desacuerdo con la relación bilateral del trabajo. Pero como es un criterio nuclear conviene no escatimar su cita:
«Para nosotros el capital no [es] sino un instrumento al servicio de la producción; no concebimos la estructura de la producción como relación bilateral entre capital y trabajo. El capital, en cuanto instrumento para el logro nacional de la producción, debe pertenecer a los productores mismos –en sus formas individuales o sindicales– o a la integridad económica nacional.» (12 diciembre 1935)
Sindicalismo vertical
Es la expresión insignia de todo este ámbito de propuestas joseantonianas. Su significado evolucionó a lo largo de los meses y fue ganando en atributos definitorios. Las tesis sostenidas se entienden sin dificultad con las citas textuales que aquí se recogen.
En el punto 9 de la Norma Programática de la Falange de noviembre de 1934 podemos leer:
«Concebimos a España, en lo económico, como un gigantesco sindicato de productores. Organizaremos corporativamente a la sociedad española mediante un sistema de sindicatos verticales por ramas de producción, al servicio de la integridad eonómica nacional.»
En 1935 y 1936 José Antonio enriqueció la definición. Propuso unos sindicatos distintos a los conocidos, innovadores, con función directa en las tareas del Estado y en los que primaría este aspecto más allá del tradicional de la representación. Los textos son muy elocuentes.
El 11 de abril de 1935 dijo: «Los sindicatos no son órganos de representación, sino de actuación, de participación, de ejercicio. En ellos se logra armonizar al hombre con la Patria al través de la función, que es lo más auténtico y profundo.» También:
«Los sindicatos son cofradías profesionales, hermandades de trabajadores, pero a la vez órganos verticales en la integridad del Estado. Y al cumplir el humilde quehacer cotidiano y particular se tiene la seguridad de que se es órgano vivo e imprescindible en el cuerpo de la Patria. Se descarga así el Estado de mil menesteres que ahora innecesariamente desempeñan. Sólo se reserva los de su misión ante el mundo, ante la Historia.» (28 marzo 1935)
De igual modo:
«Y el Estado español puede ceñirse al cumplimiento de las funciones esenciales del Poder descargando no ya el arbitraje, sino la regulación completa , en muchos aspectos económicos, a entidades de gran abolengo tradicional: a los Sindicatos, que no serán ya arquitecturas parasitarias, según el actual planteamiento de la relación de trabajo, sino integridades verticales de cuantos cooperan a realizar cada rama de producción.» (3 marzo 1935)
En este designio programático sobresale un carácter innovador: la naturaleza y función del nuevo sindicalismo desborda la de los conocidos hasta ese momento. El sindicato es pieza básica de la organización del Estado con función directa en sus tareas. El Estado le entrega la regulación completa en muchos aspectos económicos. Esto comporta no sólo una transformación de la organización socioeconómica sino una transformación medular en la misión, estructura y función del Estado.
Un correlato de estas propuestas consiste en el hecho de que el sindicato vertical será sujeto de propiedad sindical, de la unidad productiva, de la unidad empresarial. Forma de propiedad que no excluye otras como la individual, la familiar o la comunal. (19 mayo 1935, 17 noviembre 1935). Además, este sindicato de productores –receptores de los beneficios– dispondrá de financiación propia. Lo proclamó el 27 de enero de 1936:
«la Falange quiere desarticular el régimen capitalista para que sus beneficios queden a favor de los productores, con objeto de que éstos, además, no tengan que acudir al banquero, sino que ellos mismos, en virtud de la organización nacionalsindicalista, puedan suministrarse los signos de crédito.»
Dos juicios autorizados
Por su calidad académica y su ecuanimidad política mencionamos aquí dos juicios decisivos sobre el intento socioeconómico de José Antonio.
En un artículo publicado en junio de 1963 –Revista de Trabajo, nº 2– el profesor Fernando Suárez diseccionó magistralmente las diferentes proposiciones de José Antonio en el espacio sindical. Los párrafos más esclarecedores del estudio son los que siguen: «Obvio es decir que la atribución al sindicato de la propiedad de los medios de producción y de la plusvalía, supone una transformación radical y profunda de todo el sistema económico y laboral.» Y concluye: «La sindicación vertical es, pues, la consecuencia lógica e inmediata de la desaparición de la propiedad capitalista y de su sustitución por la propiedad sindical.»
Más adelante el profesor Suárez dedujo las notas esenciales de las propuestas de José Antonió y escribió:
«En definitiva, la sociedad sindicalista propugnada por el Movimiento que fundó José Antonio, debería conducir a los siguientes postulados básicos: I. Los medios de producción no pueden estar en manos del capitalismo privado, ni en manos del Estado, sino en manos de los trabajadores organizados en Sindicatos. II. Las empresas son comunidades de trabajo, son propiedad mancomunada, común participación en beneficios y gestión común, en lo posible. III. Tales empresas se organizan en Sindicatos por ramas de la producción. IV. Los Sindicatos regulan la producción y financian su desarrollo, mediante sus propios sistemas de crédito.»
A pié de página anotó: «No se pueden ignorar las dificultades técnicas que presentaría el llevar a la práctica esta doctrina, y que la convierten en algo cercano a la utopía.» Esta nota del profesor Suárez avala la vecindad del sindicalismo vertical con el utopismo.
Unos años más tarde, con lucidez y llaneza, el profesor Efrén Borrajo en su Introducción al Derecho del Trabajo (1968), dejó una muy acabada interpretación de la novedosa propuesta sindicalista:
«...cuando la expresión ‘sindicato vertical’ se acuñó por Primo de Rivera (José Antonio) se refería a una pretendida organización socio-económica en la que no cabía el carácter ‘mixto’ o de dualidad de partes (empresarios y trabajadores) por cuanto se partía dogmáticamente de una afirmación de unidad, al refundir a dichos empresarios y trabajadores en la figura del ‘productor’, cualificado funcionalmente como trabajador directivo o trabajador ejecutivo, pero no por su posición económica y social.» (subrayados de Borrajo.)
La utilización por el profesor Borrajo del término pretendida apoya nuestro parecer sobre el utopismo de este punto del ideario.
16. La figura de Carlos Marx
Llegados al final de estas notas puede retomarse el cabo inicial de las mismas, Carlos Marx en José Antonio. Pero ahora podemos agregar otro apunte: el repaso, desde el punto de vista del fundador de la Falange, de la figura de Marx como personaje. Aunque implique escindir persona y obra. Y aunque se cuente con un exiguo material –apenas unos atisbos– es una veta con aliciente.
La primera huella de un parecer de José Antonio sobre Marx la localizamos en 1924. Tenía entonces 21 años. Está en la ya citada carta a don Luis Olariaga, del 3 de septiembre. Recordemos que escribe:
«En cuanto al libro de Tugan, aún no he acabado de leerlo, pero ya veo lo útil que es para equilibrar los efectos de la maravillosa dialéctica de Marx.»
Esa inicial calificación de maravillosa encierra un parecer admirativo que, con algún intervalo, terminará imponiéndose sobre el de menosprecio y repulsión. El adjetivo que aplica a la dialéctica marxista señala una tendencia que se confirma diez años más tarde, ya líder político.
El juicio de José Antonio sobre el personaje Marx no necesita de pesquisas eruditas, lo tenemos en sus propias palabras. El 19 de mayo de 1935, lo retrató como «una figura, en parte torva y en parte atrayente». La frase –de indudable viveza plástica– resume su percepción entrecruzada de la figura de Marx, de Marx como personaje. Es muy rica en matices porque el uso de en parte mitiga la rotundidad de la descripción, rebaja su dureza. En Marx advierte un perfil dañino que provoca la repulsa y un perfil atractivo que suscita el encantamiento.
Si en la parte torva anotamos los juicios adversos –a la figura– caemos en la cuenta de todos ellos se emiten a lo largo de 1934 y solamente en ese año.. En el mes de marzo, en su discurso de proclamación de la fusión de Falange con las JONS de Ramiro Ledema y Onésimo Redondo, José Antonio vertió varias críticas ácidas sobre la figura de Marx. Recalcó –hasta tres veces– su condición de judío; señaló su impasibilidad –insensibilidad– ante el drama social, su desprecio por los obreros y su materialismo que enlazó con el adoctrinamiento a los niños en Rusia. Cerró el párrafo con una pregunta: «¿Creéis que si los obreros lo supieran sentirían simpatias por una cosa como ésa, tremenda, escalofriante, inhumana, que concibió en su cabeza aquel judío que se llamaba Carlos Marx?». (La condición judía de Marx –en aquel contexto, sin duda, peyorativa– es una mención ocasional en José Antonio pues él era manifiestamente antiracista. Acaso fue un guiño retórico hacia Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo, allí presentes, que sí tenían y manifestaban una porfiada postura antisemita.)
También en ese año –¿en el mes de mayo?– escribió un artículo, que permaneció inédito, en el que atribuye la deshumanización de la respuesta socialista a «la mente inhospitalaria de Marx». Como indicamos, las críticas a la figura desaparecen en los dos restantes años de su vida. Y la condición racial de judío no vuelve a utilizarla ni directa ni indirectamente. Después de ese año, ni en 1935 ni en 1936, encontramos acritud en las menciones de la figura de Marx.
En 1935 contamos con un comentario que podemos asignar a la parte atrayente de la figura, aunque por vía indirecta. Es un elogio a su categoría como autor de El Capital.
«Esto dijo Carlos Marx en un libro formidablemente grueso; tanto, que no lo pudo acabar en vida; pero tan grueso como interesante, esta es la verdad; libro de una dialéctica apretadísima y de un ingenio extraordinario…» (9 abril 1935)
Con ese mismo aire de estima, en la misma ocasión, recoge José Antonio el fenómeno de la proletarización previsto por Marx: los artesanos, los pequeños productores y comerciantes «van siendo aniquilados económicamente por este avance ingente, inmenso, incontenible, del gran capital y acaban incorporándose al proletariado». Ese acontecimiento está narrado para José Antonio con una pasión comprometida porque dice que «Marx lo describe con un extraordinario acento dramático» (subrayado mío). Presenta un Marx distinto de la figura implacable de frío analista con el que lo ha retratado en otras ocasiones ha retratado.
Coda
El influjo directo de Carlos Marx en José Antonio ha quedado largo tiempo en la penumbra. Hace medio siglo, Manuel Sacristán recogió en un artículo las tesis marxistas aceptadas por José Antonio, aunque no mencionó la plusvalía. Su trabajo ha permanecido inédito hasta el 2007.
Las influencias de Marx en José Antonio se revelan especialmente en la crítica al capitalismo. De las tesis aceptadas, la de mayor calado fue la de la plusvalía, noción nuclear de las iniciativas propugnadas por José Antonio para una nueva y revolucionaria organización socioeconómica. Fue una decisión singular, resultado de la intención joseantoniana de superar el dilema capitalismo-marxismo, capital y trabajo, por medio del sindicalismo vertical. Decisión doctrinalmente arriesgada porque la validez de la plusvalía era dudosa, estaba profundamente cuestionada por los expertos. Y no había pasado por ningún banco de pruebas. Hipotéticamente, la oposición de intereses entre capital y trabajo quedaría cancelada al atribuir su titularidad al sindicato vertical. Ello entrañaría un cambio sustancial en el sistema productivo hasta entonces conocido. Pero no hay mención alguna sobre su factibilidad ni insinuación sobre los modos de implantación. La complejidad técnica de la articulación en el mundo real es tan ardua que la proposición se desliza hacia el utopismo.
En otro terreno, el del sentido de la historia, su teoría de las edades está ligada con las tendencias imperantes y roza el historicismo de Marx. Y, a la vez, es obligado destacar la inexistencia en sus textos del revisionismo marxista, tan rico en lo doctrinal como vigente en la realidad política coetánea.
Puede cuncluirse que este mensaje programático de José Antonio fue una intención que se plasmó en una expresión en agraz, inconclusa. Sin embargo, y quizá justamente por ello, el hecho brinda un especial acicare a los estudiosos aplicados al análisis crítico de sus ideas."
http://www.nodulo.org/ec/2010/n101p16.htm